miércoles, 14 de agosto de 2019

Ley de Lynch

La verdad es que la palabra que define mi estado de ánimo en este momento es escandalizado. Hay otras que la acompañan, pero esta preside el discurso. Ya no cabe preguntarse a dónde vamos a llegar sino a dónde hemos llegado.

Se necesitaron siglos para librarnos de la Inquisición; no en España: en Europa entera (los luteranos y los calvinistas también se pusieron las botas de quemar gente). En España nos costó muchísimo también, aún ya sin hogueras, sacudirnos la dictadura moral de la Iglesia… y se me ha ido el tiro por elevación, porque, de algún modo… ¡de varios modos!... todavía la sufrimos.

En fin, el discurso monoideológico, la dictadura de las conciencias, ha existido en todas las épocas y mucho me temo que seguirá existiendo: la imposición ideológica se resiste numantinamente a ceder ante el avance humanístico (sobre el que, por otra parte, caben muchísimas dudas) y sólo se deja sustituir por otra de otro signo, generalmente más descarnada, por no decir más brutal.

Llevamos unos años soportando la dictadura de la ideología de género, ese engendro que sustituyó al feminismo robándole incluso el nombre. Y esa dictadura está cometiendo barbaridades perfecta y totalmente a la altura de la época nazi de la anteguerra del 39.

Habríamos debido reaccionar más duramente -porque darnos cuenta, lo que se dice darnos cuenta, nos la dimos- cuando la dictadura de género disfrazada de feminismo, impuso, vehiculizando al desgraciado, lamentable y ridículo Zapatero, la atrocidad penal más acojonante que se ha visto en un sistema autodenominado democrático: la caída de la presunción de inocencia cuando la presunta víctima es una mujer y el presunto delincuente es un hombre. Poco antes ya habíamos tragado como si tal cosa con la paridad obligatoria en determinados ámbitos públicos e incluso privados.

Y qué decir del constante acoso social -todos los hombres somos culpables, pretenden prácticamente decir- que se produce con los casos de agresiones y homicidios en el entorno familiar o doméstico (lo que esas estúpidas -y los gilipollas que les hacen de corifeos- llaman violencia de género), abochornándonos a todos como ciudadanía, pero ocultando alevosamente dos cosas: la primera, que somos el país europeo con la tasa inferior -largamente inferior- de este tipo de casos; muy inferior, incluso, a la de países tenidos como los más cívicos de Europa: los nórdicos; la segunda, que la mitad -un año por otro- de estos casos está protagonizada por ciudadanos extranjeros, con clara preeminencia de musulmanes, hispanoamericanos y, en un cierto menor grado, europeos del este. Y ahora, claro, las estúpidas en cuestión -que ya me deben haber llamado machirulo catorce mil veces a estas alturas- me llamarán racista. Pues bueno, pues vale, pues me alegro. La cuestión es que los citados extranjeros proceden de países social y culturalmente mucho menos desarrollados que el nuestro, lo que, racionalmente, obligaría a cuando menos matizar esta culpabilización social: no es un problema de presunto déficit educativo o de particular machismo español sino de esponjamiento y limpieza de lo que nos viene de fuera. Hay que tener paciencia -en lo razonable- con los inmigrantes ya irrecuperables por razón de edad y de ambiente de procedencia (sin perjuicio de hacer caer sobre ellos, sin contemplaciones, todo el peso de la ley) y hay que realizar esfuerzos especiales en la educación de los hijos de esos inmigrantes. Cosa difícil, por cierto, pero ése es otro tema y otro discurso que no es caso aquí y ahora.

Últimamente está de moda -dentro de este ámbito- la cosa esta del Mee Too. Cualquier eufemismo es bueno, no faltaba más. Parece, según todas las apariencias, que la cosa esta consiste en cargarse con meras acusaciones -en la inmensa mayoría de los casos, sin pruebas- a personas de fama o a ciertos colectivos. Gente de muy alto rango artístico, social o político ha sido señalado -en muchos casos, sin pruebas- y condenado, por ese simple hecho, al ostracismo más brutal.

Ahora mismo, la víctima es Plácido Domingo, al que nueve personas (¡ocho de ellas anónimas!) acusan no sé si de abuso, de agresión, de acoso o de qué, por supuesto sexual y por supuesto contra mujeres.

Ni la menor prueba por supuesto: lo acusan en los medios (supongo que también en el inevitable Twitter con miles de gilipollescos megusta), pero no hay acusación ni policial ni ante un juez. Con todo, Plácido Domingo ya ha perdido, hasta este momento, apenas veinticuatro horas después, tres actuaciones, porque esto mancha y cualquiera que lo contrate puede ser blanco de las iras de las inquisidoras de género. Y eso no es nada: su prestigio y su fama -hasta ayer inmensos- en su círculo social y en el ámbito público, pueden sufrir una caída en picado. El kilo de sambenito va barato y, por supuesto, va prácticamente regalado en materia probatoria y contra él no hay defensa posible. Como en los viejos tiempos de los dominicos con patente de corso incendiario.

Plácido Domingo en 2009 (Foto: Chrisa Hickey. Dominio público)


Don Plácido ha tenido una poca y relativa suerte, ya veremos si es suficiente, que lo dudo. Dos señoras han salido, hasta el momento, en su defensa diciendo que ellas se negaron a sus pretensiones amorosas y que no sufrieron por ello represalia ni consecuencia perjudicial alguna. Parece que al señor le gustaba mucho el ligoteo, pero eso no es nada malo, en absoluto, si ante la negativa lo único que hacía -como parece- era dar media vuelta y amigos como antes.

Veremos en qué queda todo esto, aunque es de temer lo peor. Lo peor para Plácido Domingo, pero también lo peor para todos nosotros porque uno no puede evitar preguntarse: ¿qué dictadura ideológica se nos impondrá, y en qué grado será peor, cuando pase de moda la estupidez de género?

Después no cesa de quejarse la estupidancia políticamente correcta del ascenso de Vox. Vox no tiene discurso político de mínimo calado, es el clásico partido populista que cabalga sobre lugares comunes. Pero tiene algo positivo: en su desparpajo y en su caracterización de maldito, no necesita tirar de eufemismos para decir lo que piensa. Y muchas veces dice verdades del barquero que nadie más osa afirmar, por más que una gran mayoría pueda estar de acuerdo con ellos.

No me extraña que le vote tanta gente. Hasta yo, que no sé a quién votar en las próximas elecciones, porque estoy asqueado de todos, me planteo la posibilidad de votar a Vox.

Por joder. Por joderlas, vaya.

lunes, 5 de agosto de 2019

Anatomía política

Este fin de semana nos ha sorprendido la noticia de que Sociedad Civil Catalana, la más importante de las entidades constitucionalistas de Cataluña, la primera que se constituyó como reacción al procés y la que más seriamente y con mayor profundidad -y también con mayores medios- se ha opuesto al mismo, ha dado una especie de bandazo: Fernando Sánchez Costa, su presidente, ha anunciado que intentará entenderse de alguna manera con el independentismo: «No se puede decir no -indicó- a dos millones de personas».

Parece ser que -obviamente- dentro de la entidad se ha desatado una gran tormenta: hay follón, bajas y demás, cosa que, la verdad, no me extraña nada.

Precisamente hace unos pocos días, en una tertulia de amigos, decía yo que la única forma racional de salir del atolladero en Cataluña es negociando, negociando entre las partes, alcanzando un acuerdo social. Un acuerdo social, entiéndase bien, igualitario, lejos de los tradicionales acuerdos que han consistido sistemáticamente en un pleno y plano allanamiento ante el nacionalismo, sin la menor concesión por parte de éste. Y digo social porque no se trataría de un acuerdo entre gobiernos -el de Madrid y el de la Generalitat-, en el que todos intentan arrimar el ascua a su propia y asquerosa sardina de partido en el poder, sino de un acuerdo entre ciudadanos. Digamos -permítaseme una cierta fantasía a guisa de simple ilustración- que podría tratarse de una mesa más o menos virtual en la que se sentaran Societat Civil Catalana y Somatemps, por una parte, y Òmnium Cultural y Assemblea Nacional Catalana, por otra. Digo fantasía porque la radicalidad de tres de estas entidades harían imposible siquiera el planteamiento pero, básicamente, la idea es esa.

Y sean cuales sean las entidades de esa supuesta mesa, el acuerdo, con todo, sería muy difícil -no quiero decir imposible- porque las líneas rojas de unos se solapan con las líneas rojas de los otros, lo que llevaría al imposible metafísico: si la unidad de España es irrenunciable para unos y la independencia de Cataluña es también irrenunciable para los otros, ya me dirás por qué rabo atamos a esa mosca. Y, sin embargo, ese casi imposible acuerdo sería la única manera de intentar -bien que a plazo muy largo, pues la fosa se ha hecho muy profunda- la reconstrucción de la sociedad catalana en un solo cuerpo. El daño que se ha hecho en esos pocos años (siete, si contamos desde 2012 hasta ahora mismo) va a costar décadas repararlo… si es que hay reparación posible.

Hasta aquí, lo que sale del cerebro, lo que deduce la razón: arreglar esto requiere una negociación (no necesariamente formal: hay muchas maneras de negociar las cosas) cuyo buen fin dependerá de que ambas partes cedan o den pasos atrás en sus posiciones.

Muchos de mis amigos tertulianos gruñeron y torcieron el gesto, porque...

Después está el hígado. Recuerdo con mucha frecuencia una frase del Don Camilo de Guareschi en el que un razonamiento diáfano del cura sobre una actitud del feligrés es respondido por éste: Lo siento, reverendo, mi cerebro lo comprende, pero mi hígado no.

La población española de Cataluña, mayoritaria, por demás, ha sido sistemática y largamente despreciada, vejada, aherrojada, agredida -a veces, incluso materialmente- y todo ello no sólo por la otra parte sino por el aparato oficial catalán, desde la Generalitat, las diputaciones y los ayuntamientos y desde sus propias administraciones y lamento mucho tener que decir que desde no pocos de sus funcionarios, particularmente desde ciertos cuerpos (mossos, bomberos…); y todo ello pagado con los propios impuestos de los agredidos, huelga decirlo. La actitud de los medios de comunicación oficiales y de los paraoficiales (abundantemente subvencionados), es decir, la mayoría de los medios digitales catalanes y la práctica totalidad de los medios de implantación local, con especial inquina los de territorios ajenos a la grandes conurbaciones de Barcelona y Tarragona, ha sido, por decirlo suavemente, vomitiva. Sobre la población no separatista y sobre su propio patriotismo. Lo mismo desde la sociedad civil separatista, sobre todo a cargo de las dos entidades mencionadas, OC y ANC -sin perjuicio de otras muchas de menor cuantía- bien engrasada, por supuesto, con dinero público, llegando a la agresión quasiterrorista en varias ocasiones, a cargo de los delincuentes juveniles de algunas entidades, también prolijamente animadas y subvencionadas.

Todo esto configura un cuadro de odio -obviamente justificado- por parte de la población constitucionalista de Cataluña hacia el separatismo, de paliativo muy difícil a estas alturas de la película.

Y, claro, a todos nos gustaría optar por el cerebro, pero un cuerpo con las transaminasas brutalmente altas no goza de buena salud, en absoluto, y, siendo así, su cerebro podría pronto dejar de funcionar.

Por eso me da la impresión de que SCC -o su presidente- ha corrido demasiado. Antes de dar paso a las ideas, hay que detener la cirrosis y eso vale para ambas partes, sobre todo teniendo en cuenta que la otra no ha dado, ni por asomo, el paso de Sánchez Costa. Eso es lo que más va a quemar de ese precipitado paso: que los otros no lo han dado y que, por tanto, aparentemente, estamos como siempre: cediendo ante los otros para lograr una cierta tranquilidad, aún sabiendo que los otros volverán, al cabo, con renovados bríos.

Sí, evidentemente: ese pacto pasaría hoy por importantes renuncias del separatismo en materia educativa, lingüística y de comunicación; pero… ¿a qué estamos dispuestos a renunciar los constitucionalistas que tenga parecida entidad? Se dirá: llevamos cuarenta años renunciando, lo único que nos queda es nuestra propia esencia, nuestra propia existencia… ¿qué más podemos darles? Y también en eso se llevará razón.

No sé qué planteamientos tendrá Sánchez Costa. Quizá lo que haya dicho no sea más que una simple escenificación de buena voluntad sin mayor recorrido, quizá a la espera de que una reacción similar por el otro lado permita dar algo de contenido a esa buena voluntad.

A mí me gustaría terminar este post señalando algún resquicio de oportunidad, pero es que, francamente, no lo veo. Mis propios razonamientos me llevan al cul de sac de un imposible. Temo que Cataluña esté socialmente liquidada, desde luego lo está a corto plazo histórico. A medio y largo no sé qué puede pasar, nadie puede saberlo, pero mi esperanza de vida estadística me permite pronosticar, con poco margen de error, que moriré con este problema vivo.

Vivo y -ojalá me equivoque- candente.

domingo, 21 de julio de 2019

La más alta ocasión

[...] La más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros
Miguel de Cervantes (prólogo de la segunda parte del Quijote)


Como en estos tiempos nada puede darse por sentado sobre el nivel cultural general -y seguro que mis tres o cuatro bravos me perdonan por omisión porque saben lo que hay-, aclararé que don Miguel se refería a la batalla de Lepanto.

Y sí que fue una ocasión grandiosa, qué duda cabe, pero las comparaciones son odiosas, don Miguel, cuando usarcé ya pudo saber, y seguro que supo, del desfiladero de las Termópilas y de una aún hoy poco valorada batalla de las Navas de Tolosa (1212) cuya consecuencia fue el fin de toda esperanza expansiva para el Islam por el sur de Europa: los tres siglos restantes hasta poner a Boabdil a llorar por esos mundos no fueron sino procrastinación, desidia, corrupción, guerras civiles y todas esas virtudes que adornaron desde siempre y por siempre, a la raza. Por no hablar, coño, don Miguel, no me fastidie, del Descubrimiento, que esa sí fue grande de veras, con todos los respetos y pleitesía a los sartenazos que se tuvo con el turco otomano (que no otómano, no lo digo por usted, don Miguel ni por mis bravos, sino por vaya vuesa merced a saber quién cae por aquí más o menos inopinadamente).

El Descubrimiento -y eso es prácticamente un axioma universal- sí que fue verdaderamente la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes... ¿y esperan ver los venideros?. Estaba claro para todo el mundo desde siempre, pero, hoy (hoy, no ayer, en horario UTC que es el que vale, por más que digan los yanquis y por más que pusieran ellos la pasta) se cumplen cincuenta años desde que el Hombre, así, con mayúsculas, puso pie por primera vez en un cuerpo extraterrestre, en la Luna. Y si la hazaña lunar fue más o fue menos que el Descubrimiento es algo que quizá pueda afirmarse pero, en todo caso, puede discutirse. Tengo para mí que la verdadera dimensión de ese acontecimiento que hoy cumple medio siglo no podrá apreciarse hasta que los viajes interplanetarios sean no una realidad sino una cotidianidad. Y esa realidad y esa distancia es lo que dará al ser humano la verdadera dimensión de lo que hoy celebramos. Hoy por hoy, valga decir que mientras medio mundo celebra solemnemente el 12 de octubre, casi nadie, más allá del cincuentenario (o, en otro momento -que también recuerdo- con las bodas de plata de la cosa) se acuerda de ese 21 de julio (o, bueno, 20 para los norteamericanos, si quieren). Yo estoy seguro de que, andando muchos, muchísimos años, Apolo XI traerá las mismas reminiscencias de dimensión histórica que Pinta, Niña y Santa María. Pero hoy por hoy, no. Es así.

De todos modos, en aquellos días sí hubo una consciencia generalizada de que se estaba viviendo algo muy grande. Yo tenía en aquella época 14 años -vaya, iba a cumplirlos en un mes- y a la hora de la cena estuvimos discutiendo si trasnochazo o madrugón y finalmente se impuso el criterio de mi padre (1969, ojo, no era como ahora) quien se comprometió -y cumplió- a despertarnos a todos a las dos de la madrugada. En cierto modo, una pena, porque nos perdimos unas cuantas horas del magnífico programa que condujeron el periodista Jesús Hermida y el por mí lloradísimo Lluís Miravitlles, el más grande divulgador científico español de la época (y aún de mucho después) al alimón con Félix Rodríguez de la Fuente; pero aún pudimos disfrutar de unas cuantas otras horas de ese programa. Porque Neil Armstrong dio ese pequeño pasito para él pero tan grande para la Humanidad exactamente a las 02:56 UTC, es decir, a las 03:56 hora española.

Apollo 11 insignia.png
De NASA - http://history.nasa.gov/apollo_patches.html (direct link), Dominio público, Enlace

Hago un pequeño inciso aquí para enmendar la plana al amigo Wicho, del equipo autor de Microsiervos que en su entrada de hoy dedicada al acontecimiento da como hora española del primer pisotón las 04:56. Querido Wicho, no has tenido en cuenta el viento: en 1969 no existía aún en España el horario de verano, que se implantó más tarde, en 1981 debido a la durísima crisis del petróleo que tuvo lugar en aquella época. Por tanto, la hora en España era UTC+1 todo el año. Además, querido Wicho, te aseguro que, muy consciente del momento que vivía, no dejé de mirar el reloj y recuerdo con toda claridad que el acontecimiento se produjo muy pocos minutos antes de las 4 de la madrugada (hora española). Por lo demás, Hermida y Miravitlles no se cansaban de ir dando la hora constantemente, sobre todo a medida que se acercaba el momento en que Armstrong saldría del módulo lunar.

Insisto: la sensación de trascendencia que experimenté -que experimentamos, creo- fue enorme, éramos muy conscientes de estar viviendo un momento histórico, histórico de verdad, como probablemente no íbamos a volver a vivir. Además, en aquellas fechas no estábamos tan saturados como ahora de momentos históricos de mercadillo de saldos que han acabado por desvirtuar el significado de la expresión. Pero sí: aquel fue un momento histórico con toda la barba y nosotros éramos -y tratábamos de ser, por si por omisión no nos llegaba lo suficiente- conscientes de ello.

Hace cincuenta años era un adolescente; hoy ya estoy a dos de la jubilación y sigo teniendo aquella misma impresión que, muchísimo más emocionado, eso sí, tuve en aquel momento: jamás volverás a compartir con la entera Humanidad un acontecimiento como este. Después han pasado muchas cosas, es cierto, importantes, también, es verdad. Por no ir muy lejos, y aunque en un plano lamentable, tuve también esa sensación de libro de Historia cuando vi derrumbarse la primera torre gemela aquel 11 de septiembre y por un momento pensé que el acontecimiento podría llegar a ser más importante aún que la llegada a la Luna, no por el acontecimiento en sí sino por sus posibles consecuencias… que fueron durísimas, sí, pero que no llegaron a la hecatombe que durante muchos días pudo racionalmente temerse. Tuve también esa sensación de trascendencia histórica cuando murió Franco, y no me costó nada establecer que aquel acontecimiento iba a influir en mi vida muchísimo más que la llegada a la Luna, como así fue; pese a todo, la sensación no fue de la misma intensidad (quizá porque el canguelo que todos sentimos durante unas cuantas horas, quizá unos pocos días, se impuso a cualquier otra sensación).

Cincuenta años, toda una vida, y no lo digo por decir. Cada día de mi cumpleaños, pronuncio una frase, ya tópica en mí: bueno, hasta aquí, yo ya he llegado; el que venga detrás que arree. Hoy, excepcionalmente, también la he pronunciado.

A la espera de repetirla dentro de 30 días exactos. No jodamos.

lunes, 17 de junio de 2019

El voto rebotado

A veces me pregunto si seré una especie de don Quintín el amargado, un inconformista (en el buen sentido de la palabra), un inconformista (en el mal sentido de la palabra), una especie de ácrata de nuevo cuño, un antisistema -también de cuño propio- o qué, pero apenas recuerdo elecciones en las que, al correr de tres o cuatro meses -frecuentemente mucho menos- no me hubiera arrepentido de haber votado lo que voté.

En muchas ocasiones, como en estas de ahora, voté a quien voté porque sólo había tres opciones: o el voto pachanguero (votar a cualquier artilugio de los denominados otros en las listas de resultados), el voto al menos malo o, simplemente abstenerme. La abstención es una opción que he ejercido con mucha frecuencia hasta 2012: cuando el patio se puso en Cataluña como aún sufrimos (y lo que te rondaré, morena) me impuse la obligación de votar: preferentemente, a favor de algo, pero, a las malas o a las peores, contra el separatismo, ejercer el voto en el sentido que le contrariara en mayor medida. Por la misma razón, el voto pachanguero está fuera de lugar en las actuales circunstancias.

Así pues, en las últimas generales, voté Ciudadanos consciente de que me arrepentiría; y ya me he arrepentido (otra cosa es que no sabría a qué otro votar); en Barcelona, lo mismo: voté a Valls -que no me convencía nada- sabedor de que me iba a ciscar en mi propio voto en cuestión no de días sino de horas. Y mira, no. Vaya, al menos, no de momento.

Valls me ha dado dos gratas -gratísimas- sorpresas: la primera, la de actuar con el cerebro y no con el culo y dar sus votos incondicionalmente para investir a Colau. La verdad es que a mí Colau me sienta como un batallón de anisakis en el hígado, pero la alternativa, el abuelo patético, hubiera sido espantosa: además de que el desgobierno hubiera continuado en Barcelona (y acaso peor: véase la Generalitat), tener a los del churro amarillo en los dos lados de la plaza de Sant Jaume era una perspectiva realmente aterradora. Valls, pues, ha obrado ciertamente contra natura pero cum grano salis. La segunda sorpresa, su discurso de toma de posesión como concejal barcelonés. Estoy seguro de que ese discurso, en una nación políticamente culta (Francia, Alemania, no tan probablemente Gran Bretaña, según muestra últimamente...) no hubiera impresionado por lógico, por normal y hasta por anodino. Pero en el contexto español, en el que la política es auténtica basura, mierda partidista en el peor sentido de la idea, y más en Cataluña, donde es lo mismo pero elevado al cuadrado, el discurso de Valls es una verdadera muestra de lo que es un político, así, en negritas, un político ya no diré que de fuste sino, simplemente, un buen profesional, consciente del fondo y de la forma de su oficio y amante de éste. Véase y disfrútese, son poco más de seis minutos:


Sensu contrario, la decepción tremenda para mí ha sido Albert Rivera. Mi voto fue uno de los que le metieron tres diputados en el Parlament de Catalunya cuando todos los cálculos le daban uno y por los pelos. Desde entonces, nunca he dejado de votarle y menos en Cataluña donde votar Cs es para mí insoslayable -tristemente, aún lo es- y donde esa dama estupenda, merecedora de mejor señor, Inés Arrimadas, llevó al partido a la primera posición en votos y en escaños en las últimas elecciones catalanas, en un triunfo sin precedentes que sólo ha servido para llevarla a Madrid y dejarnos a sus votantes catalanes (muchos pasarán a ser, en las próximas, ex-votantes, según me temo) como el gallo de Morón.

Leía el otro día -como siempre, lamento no recordar dónde- un atinado artículo en el que trataba a Rivera como lo que me temo que es: un niñato malcriado. Con estas mismas palabras, si no me falla la memoria. Con modos más florentinos, pero no menos diáfanos, Francesc de Carreras le dedicaba en «El País» otra filípica de parecido tenor.

No entiendo qué ambiciones informan la conducta de Rivera, pero tengo muy claro que ésta sirve mal a aquéllas. Ese cordón sanitario absurdo que le ha colocado al PSOE (¿por qué? ¿hay algo personal?) está a punto de abortar una de las más grandes oportunidades de las que ha dispuesto este país en los útlimos quince años: una mayoría -absoluta- formada por el PSOE y Cs daría a este país cuatro años de sosiego, un sosiego que necesita mucho para afrontar los grandes y graves problemas que tenemos planteados y otros muchos que se presentarán: la cuestión catalana, en primer lugar, tema en el que el PSOE garantizaría una reflexiva moderación y Cs una firmeza también necesaria para no pasar por alto lo que jamás debe ser pasado por alto; pero después está el tema de las pensiones, el del futuro del ámbito del trabajo, por no decir del trabajo mismo, importantes proyectos de cooperación europea que, impulsados desde Francia, tienen a España como socio preferente… si España se deja, claro. Esta legislatura podría diseñar la España -y la Europa- de los próximos 25 o 30 años y el niñato de la Caixa va a obligar que el PSOE tenga que componerla con una fuerza absolutamente gilipollesca, transigente -por ignorancia y por pose, sobre todo- con el separatismo y, encima, antieuropea; por no hablar de las prendas que la adornan en su actitud ante el Sistema.

La responsabilidad de Rivera -habría que decir irresponsabilidad- es tan tremenda que asusta y la vamos a pagar todos. La vamos a pagar porque el señorito, en un error de cálculo que también él pagará caro, cree que su futuro está en comerle el terreno a un PP y a un Vox que él cree decadentes pero que, en realidad, simplemente se han reencarnado en Ciudadanos.

Una verdadera pena. Porque si no hubiera tantas moderneces en el sistema educativo, lo que procedería con el niñato este es darle unos buenos azotes en el culo y tenerlo sin postre hasta que entre en razón.

No pasará. En este desgraciado país, estas cosas nunca pasan.

miércoles, 12 de junio de 2019

Víctor


Tenía que escribir. No es que me apetezca, la verdad es que no me apetece nada, y hoy menos aún. Pero hoy, precisamente hoy, tengo que escribir, porque no es día de quedarme callado.

Anoche murió Víctor Domingo. Víctor, el presidente de la Asociación de Internautas, el compañero, el amigo. Después de casi dos meses intentando remontar un infarto y un ictus, por fin su cuerpo no pudo más y anoche, como digo, a las 21:00, acabó su sufrimiento.

Lo conocí en la primavera de 2002, cuando asistí a la primera asamblea de la Asociación de Internautas, recién ingresado yo en la entidad, que se celebró, precisamente en Barcelona, casi dos años después del primer gran éxito de la Asociación y de Víctor: la consecución de la tarifa plana, reivindicación que dió lugar a la AI tras fusionarse varias entidades que tenían ese mismo fin. Me entusiasmó la actividad que había en la Asociación y la energía que desplegaba Víctor y, evidentemente, me contagié de ellas, así que me integré activamente en el proyecto.

Así empezó mi relación con él. Con el paso de los años, descubrí a un hombre jovial, despierto, con una aguda capacidad de análisis, con una asombrosa capacidad de trabajo (y de ubicuidad), con un don de gentes como pocos he visto, tenaz, amigo de sus amigos y compañero de sus compañeros. Pero lo que más te acababa llamando la atención sobre él es que era una excelentísima persona, un buen tipo, como lo han calificado, con toda intención, sus amigos de Libertad Digital en un tuit de hoy mismo.


Desde aquel día, con Víctor Domingo he hablado, me he escrito, hemos discutido, nos hemos reído, hemos celebrado éxitos y hemos compartido preocupaciones junto con los demás compañeros de la Asociación. Desde aquel día del 2002, Víctor Domingo ha sido una constante, frecuentemente diaria, en mi vida.

Y hoy ya no está.

Esta mañana, al levantarme (silencio el móvil por las noches) he visto parpadear la lucecita del guasap y allí estaba el mensaje: Víctor ya no estará más con nosotros. Al menos, vivo.

He llegado al trabajo y me he disparado sobre el ordenador para reservar hotel en Madrid y comprar los billetes de AVE, pero no ha sido posible. Resulta que en Madrid hay un congreso turístico o algo así y los hoteles estaban a reventar. Lo poco que había libre, a unos precios desorbitados, lo mismo que el AVE y los aviones. No he podido ir a despedirme de él por última vez. Y aún suerte que fui a Madrid el viernes pasado, precisamente a sustituirle en un acto, y pude escaparme a verle, cosa que, aunque no fue posible, me permitió, al menos, compartir unos minutos con Lourdes, su mujer. Tere me consolaba este mediodía diciéndome que, de alguna manera, ya me había despedido de él ese día.

Pero escribo esto -son las siete y media de la tarde- a menos de dos horas de la ceremonia de despedida que se realizará en el tanatorio y me siento casi como un desertor, con la amargura de sentir como si, en el último momento, no hubiera cumplido, por última vez, con mi deber.

La última vez que habló con nosotros -con nosotros, entiéndase, incluyéndome a mí- fue en la lista de correo, poniendo paz -una paz que, de todos modos, no había estado en peligro- en una discusión que se estaba enconando un poco.

Ibámos a vernos todos dentro de diez días, el sábado 22, para el que está convocada la Asamblea anual de la Asociación. Y nos veremos, claro.

Pero ese día habrá un hueco, un vacío, muy, muy, muy grande.

Que la tierra te sea leve, Víctor, compañero y amigo.