domingo, 2 de diciembre de 2018

Lo que está por ver

No tengo queja alguna de la época que me ha tocado vivir, desde ningún punto de vista. Vi el nacimiento de la astronáutica, prácticamente desde el principio (del vuelo de John Glenn me acuerdo perfectamente, como tampoco olvidaré la emoción de mi padre ante ese acontecimiento); contemplé en directo el momento en que Neil Armstrong ponía pie en la Luna; he visto volar al transbordador espacial, he visto cómo se construía la Estación Espacial Internacional desde el primer módulo; he visto volar al primer y hasta hoy único avión supersónico de pasajeros; he visto obtenerse el mapa genético del ser humano y el nacimiento de la ingeniería genética; he visto nacer la informática y la he manejado (he trabajado con ordenadores desde 1983 y tengo PC en casa desde 1991) he visto nacer la red (para el gran público) a la que estoy conectado desde 1997; en otro orden de cosas, he visto morir a Franco y al franquismo, he visto caer el muro de Berlín y derrumbarse el sistema soviético… He visto, en fin, muchas cosas muy largas de enumerar y sin necesidad de alcanzar la Puerta de Tannhäuser. Sí, he vivido una época apasionante -con sus luces y también con sus sombras, que no son pocas- y, como he dicho, estoy contento de haberla vivido, no la cambiaría por ninguna anterior pese que, a veces, ante el libro de Historia, la tentación es fuerte.

Pero el futuro promete ser aún mucho más apasionante, incluso con sus previsibles sombras, que también se ven venir de campeonato. Y ahí está el asunto.

Según la estadística de esperanza de vida, me quedan por delante unos veinte años. Es todo el cálculo que puedo hacer, consciente de que puede truncarlo un inopinado cáncer, un inopinado infarto, un asesino islamista o un asesino en bicicleta o patinete; también podría ser -no estoy seguro de desearlo, dado lo poco que prometen mis actuales achaques- que mi vida se prolongara más allá de esa previsión: mi padre murió con 88 años, mi madre los cumplirá en un par de meses con unas analíticas que ya quisieran muchos aviadores para sí (pena de puto Alzheimer), mi abuela materna falleció hace quince años a los 100 y mi bisabuela materna-materna murió hará unos cincuenta a los 92 años, cosa la mar de inusual en la época. En alguna recóndita rama de mi árbol genético llevo puesta la longevidad. Pero, como he venido a decir, prefiero cascar a los 75 en plenas condiciones mentales y condiciones razonables las físicas que verme hecho una mierda con ochenta, noventa o más años. Entre unas cosas y otras, pues, trabajo en base estadística, que es lo único más o menos racional en lo que puedo basarme. Y si alguna de las salvedades se materializa, pues nada, señores, que tengan ustedes un buen día que yo he de irme.

Uno llega a viejo cuando se da cuenta de que a las noticias sobre lo que está proyectado o previsto que sucedan en un futuro superpone esa esperanza estadística de vida y empieza a ver que hay cosas que muy probablemente no verá, otras que quizá sí, y otras más que con toda seguridad no. La verdad es que el horizonte del fin de la quema de petróleo y de muchos de sus usos no combustibles, ubicados en el 2050 es la previsión racional y calculada más lejana que aparece en el horizonte. No es imposible que llegue a verlo, siempre que viva 95 años, aunque no espero -tampoco quisiera- ser tan longevo. Otras previsiones ya rondan la profecía bíblica y van a más largo plazo: en qué momento el cambio climático nos dejará calvos, cuándo habrá una colonia humana estable en Marte… esas cosas.

Pero esa esperanza estadística me va a permitir ver -hechas las salvedades antedichas- lo que va a ser la antesala de un cambio social enorme, enorme incluso a nivel planetario: la digitalización, el big data, la inteligencia artificial van a suponer una revolución industrial que dará sopas con ondas a todas las anteriores y llevará a un cambio en las relaciones económicas, sociales, políticas y muy posiblemente incluso éticas, inusitado, con unas consecuencias -positivas y negativas- que, aunque ya se están estudiando, es imposible saber exactamente cuáles van a ser: sólo se puede predecir que van a ser de una magnitud enorme. No, no llegaré a vivir en su configuración final esas consecuencias, pero sí alcanzaré el punto en que éstas podrán predecirse con una precisión que ahora mismo queda fuera de nuestro alcance.

Fuente: Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Industria_4.0) bajo licencia Creative Commons
Por otra parte -o por esa misma parte- la tecnología avanza a tal velocidad (ya hace bastantes años que pisó el acelerador y nos asombra a cada día que pasa) que es difícil predecir qué nos traerá y qué nos reportará no dentro de veinte años: dentro de cinco. Y, nuevamente, sus consecuencias económicas, sociales, etcétera.

Como a Moisés, se me va a permitir -en el mejor de los casos- ver la tierra prometida, pero no llegaré a entrar en ella, me quedaré a sus puertas. Sólo cabe esperar que esa contemplación valga la pena y no me deje sumido en la angustia pensando en la suerte de mis hijas y de mis nietos.

Lo cierto es que cuando leo noticias sobre previsibles avances en cualquier materia la pregunta de si llegaré a verlos es recurrente. ¿Veré al hombre en Marte? Quizá. ¿Veré la ISS jubilada? Casi seguro que sí. ¿Veré en activo en nuestro Ejército del Aire el caza europeo de 5ª generación? Justito, justito, pero quizá sí. Y así con todo: tal vacuna, tal tratamiento para tal enfermedad, la evolución del sistema legal, político o administrativo, la de mi ciudad...

Y lo que hay detrás de eso es la plena consciencia de la caducidad de la vida y de que su final, no propiamente cercano (veinte años dan para mucho) se va aproximando, ya deja ver en lontananza y en días claros su cima más alta; del qué largo me lo fiáis he pasado a ir inventariando a cada lectura de periódico aquello que todavía me afectará y aquello que muy probablemente me pille ya criando nitrógeno cuando acontezca. Todavía no es grave pero sé que, inexorablemente, el balance irá inclinándose paulatinamente hacia futuros que no llegaré a ver.

Eso sí, ante esa perspectiva, aún le queda a uno aquel desplante tan español: que me quiten lo bailao. Y lo que pienso bailar aún de aquí a allá.

Deo gratias

lunes, 19 de noviembre de 2018

La rebelión contra lo digital

Este pasado viernes acudí a la consulta de mi oftalmóloga habitual, principalmente para hacerme la revisión anual pero, además, para preguntarle sobre un problema que me viene molestando en los últimos tiempos: no paro de lagrimear, cosa que no es dolorosa ni grave, pero sí incómoda. La conclusión -después de una exploración muy agobiante: te meten una cánula hipodérmica por el lacrimal y te inyectan en él suero fisiológico- fue que tengo bastante obstruidos ambos conductos lacrimales, los desagües, por así decirlo. ¿La causa? Muchos años de pantallas, prácticamente toda mi vida laboral y, además, crecientemente.

Y me dije que, bueno, qué podía hacer yo. No se puede prescindir de las pantallas: trabajamos con PCs, andamos colgados del móvil y, algunos, utilizamos tabletas prácticamente para todo, últimamente, en mi caso, hasta para escribir a mano. He prescindido casi totalmente del papel, pues incluso los libros -con algunas pero muy escasas excepciones- los leo en edición digital. Veo muy poca televisión, pero cuando no veo televisión estoy igualmente sobre una pantalla. Y lo mismo que le respondí a la enfermera de cabecera cuando me dijo que la distribución de mis comidas no era la adecuada (estos son mis horarios y no pueden cambiarse: si me diseñas un sistema de alimentación correcta compatible con ellos, lo seguiré a rajatabla; cualquier otro planteamiento, sencillamente no es realista) es lo que le vine a decir a la oftalmóloga: tres cuartas partes de mi tiempo despierto en épocas hábiles (la totalidad, en el caso del profesional) transcurre sobre una pantalla, esto es así y no puede ser ni va a ser de otra manera (cuando me jubile, ya hablaremos, pero en los próximos dos años y medio pinta este palo), así que cualquier solución al problema debe plantearse sobre esta base. De modo que hasta el fin de mis días iré por el mundo llorando como un Boabdil porque, sic stantibus rebus, la única solución es quirúrgica y, a menos que el problema se agrave hasta límites intolerables o peligrosos, no tengo la menor intención de pasar por un quirófano por más plan ambulatorio y lasérico que me vendan.

Explico todo esto como un ejemplo de relativa resignación ante lo que, de cualquier modo, es inevitable. Esta es la música que suena en los tiempos que nos ha tocado vivir y con esa música hay que bailar. Tratar de resistirse más allá de algún pequeño remedio siempre parcial y siempre paliativo, nunca resolutivo, es como tratar de derribar a cabezazos una muralla romana.

Pero los hay que no se resignan. Bien, en otros aspectos de nuestro entorno, de nuestros tiempos o de nuestro mundo, lanzaría gritos de aprobación hacia los rebeldes, pues son los rebeldes los que hacen avanzar a la Humanidad. Siempre he pensado que la Historia es como un sistema de vectores: unos tiran hacia aquí, otros tiran hacia allá y lo que acaba sucediendo es la resultante; las cosas se tuercen, en cambio, cuando la resultante coincide con un vector único a falta de otros. Y, bueno, pese a sus muchísimas lacras y defectos, el progreso material y moral en el ámbito ideológico judeocristiano es, en términos generales, razonablemente satisfactorio.

Lo que ocurre es que me da la impresión de que los que no se resignan andan a cabezazos contra un muro. Por ejemplo, el caso de las redes sociales. La nueva moda, la nueva pose pseudointelectual, es cargar contra las redes sociales como paradigma de todos los males, haciéndolas culpables de todo. Y es verdad que las redes sociales nos han traído muchos problemas, acaso algunos graves u ocasionalmente inoportunos, y es preciso estudiar cómo pueden soslayarse o como mínimo paliarse, pero también lo es que las redes sociales han venido para quedarse -al menos durante un tiempo; ya veremos cómo y hacia dónde evolucionarán- porque, de alguna manera, millones de personas las ven como algo útil o necesario o, de cualquier otro modo, gratificante. Pero nadie va a reconducir los problemas que han traído las redes sociales intentando, estúpida e inútilmente, acabar con las redes sociales. Dicho esto por mí, que estoy más que harto de las puñeteras redes sociales y, encima, Google me va a suprimir la única que es amable, útil y agradable (quizá porque no era masiva y puede que esté ahí el problema de las redes sociales: no en su naturaleza ni morfología sino en el hecho de su uso por muchos millones de personas, que las convierte en auténticas perreras).

Otro blanco de las iras de esa especie de neoludismo disfrazado de parnaso de las más altas esencias es el teléfono móvil, el smartphone. Su última gracia es intentar describir algún género de adicción en torno a él, como ya intentaron antes con el PC primero y con Internet, así, por elevación, después -sin que la Psiquiatría haya experimentado ni frío ni calor ante la cuestión- y tratar de convencernos de su nocividad intrínseca. Su estupidez más enternecedora se manifiesta en los que se dicen horrorizados de espectáculos como el de pasajeros del metro o del autobús pegados compulsivamente al pequeño aparato. Podrían tener su razón, si no fuera por dos detalles: el primero, es que los smartphones no han sustituido animadas charlas de grata convivencia ciudadana, sino a rostros cerúleos contemplando ausentes el desfile a través de la ventanilla de una pared de hormigón iluminada por los fluorescentes del vagón; el segundo es que al otro lado de un smartphone puede y suele haber o bien personas (cuando se chatea por WhatsApp, por ejemplo, no se habla con una máquina), o bien cultura (hay quien lee periódicos o libros) o bien juegos que, en el más cutre de los casos, tienen un cierto valor psicomotriz.

 ¿Enganchados? ¡Feliz enganche! Tengo toda, toda, toda mi información en la nube y gracias al smartphone -por sí o sirviendo de router a la tableta- dispongo de esa información en cualquier lugar y en cualquier momento. ¡Pues claro que no salgo jamás de casa sin el smartphone! Y si se me olvida -cosa rarísima- doy media vuelta, esté donde esté y regreso a por él. Porque son mis datos pero también el contacto permanente, en cualquier momento, con mi esposa y mis hijas, con mis amigos; tengo mi libreta de direcciones y mi agenda, con los avisos previamente programados; pago con el móvil; uso el transporte público guiado por sus apps y me muevo por los más recónditos y desconocidos lugares de la ciudad en la que estoy (la mía u otra) mediante Google Maps. Ya no compro tomtom: en el smartphone tengo una completísima guía y una aplicación que me avisa de los radares fijos y me notifica la velocidad real a la que circulo. Llevo ahí los diccionarios de la RAE y del Institut d’Estudis Catalans y, por si no son suficientes, la Wikipedia; digitalizo documentos y los guardo en mi nube, requiero servicios como taxis o VTCs, pago la zona azul y la zona verde cuando voy en coche y aparco (si puedo) por la ciudad; me comunico con mi banco y hago operaciones con él desde el móvil; compro, almaceno y exhibo los billetes de mis viajes, las reservas de hotel y las localidades de los espectáculos a los que asisto; en fin, tengo en él mi música, mis emisoras de radio favoritas, un despertador, una calculadora, varias aplicaciones que me ayudan en mis actividades como fotógrafo aficionado y como spotter. Y no lo he relacionado todo ¿Enganchado? ¡Pues claro que estoy enganchado al móvil! Pero… ¿puede llamarse enganche al uso intensivo de una herramienta? ¿Está enganchado al coche un viajante de comercio, por ejemplo? ¿Está la gente enganchada a la televisión? Bueno, esto último en otros tiempos también se pretendió.

Lo grande es que todo esto no es nada. En muy pocos años -tan pocos que creo que la vida me dará de sí como para ver todo ello muy avanzado- nuestra locomoción estará basada en TIC o no estará; nuestra propia vivienda estará regulada mediante TIC; la industria (4.0, la apellidan ahora) está cambiando espectacularmente sus parámetros y también lo va a hacer nuestro propio modo de vivir y de trabajar. Nuestro modo de vida actual será prehistoria en veinte o veinticinco años, no muchos más. Y no me gusta ser determinista, pero todos estos cambios serán positivos, aumentarán nuestra calidad de vida y mejorarán e incrementarán nuestra relación con nuestras parejas y nuestros hijos, sí, pero también con nuestro entero entorno: amigos, vecinos, compañeros de trabajo (hasta donde siga existiendo tal categoría).... ¿Tendrá inconvenientes? Seguramente sí, y habrá que convivir con ellos y luchar para erradicarlos o siquiera menguarlos. Presumo, por ejemplo, que uno de los principales problemas políticosociales serán, como siempre, los excluidos, los excluidos en nuestra propia sociedad y las otras sociedades excluidas en masa (lo que hoy llamamos Tercer Mundo). En definitiva y para entendernos, el problema de siempre: la pobreza. Quizá estemos para entonces más cerca de erradicarla. Ojalá.

Lo que sí es cierto es que, como ya dije una vez, pretender que lo eficiente de verdad es el tiro de cuatro caballos cuando ya estamos a las puertas del vehículo automático y de una nuevo concepto de la movilidad, es, como poco, propio de perfectos gilipollas.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Castilla

Como anticipaba a finales de septiembre hemos pasado gran parte de la segunda quincena de octubre Teresa y yo viajando por Castilla. Vaya, en realidad, han sido unos días de estancia en Segovia y en Valladolid. Muy agradables gracias a una meteorología muy favorable y a la necesidad de ventilarnos un poco tras la frustración de las vacaciones veraniegas debidas a la fractura en el pie que sufrí a principios de agosto, a semana y media de partir para Asturias.

No soy un castellanista furibundo, entendiendo por tal quien ve en Castilla el origen de todas las esencias hispánicas. No, España es un crisol de muchísimas leches territoriales y una pudo ser más importante que otra en un momento determinado, pero no como hecho permanente y menos aún fundacional. Es complicado y difícil explicar lo que es España y más aún sus orígenes y por eso les ha resultado a algunos tan fácil impugnar la totalidad, como cortando un nudo gordiano.

Sí, en cambio, siempre he visto la primera piedra política de España en los Reyes Católicos, quienes, de alguna manera, soñaron con materializar un anhelo medieval. Porque España no fue un invento de los Reyes Católicos (en todo caso, un sueño) sino un concepto que se manejó constantemente durante toda la Edad Media. No hay reino peninsular en cuyos documentos no conste -y frecuentemente reiterada en diversas épocas- la palabra «España» y no como un simple toponímico sino como algo crecientemente cercano a un proyecto político común (aunque cada cual lo enunciara con ánimo de predominar en él).

En mi afición a la Historia y en una cierta predilección por esa etapa fundacional -que yo veo culminada con Felipe II-, la figura de Fernando de Aragón, aún siendo compleja, se me presenta mucho más asequible que la de Isabel de Castilla, cuya ubicación exacta en todo ese proceso fundacional no logro acertar satisfactoriamente (satisfactoriamente para mí, claro está). De alguna manera, Fernando es la eminencia gris (o no tan gris) y parecería que Isabel es el factor místico; pero es difícil pensar que sólo constituyera un mero factor espiritual: Fernando se la hubiera merendado con patatas; y no es así: Isabel es una mujer con determinación y criterio propio más que acreditados, determinación y criterio que una fe estricta y radical (claramente precursora del misticismo renacentista español) no sólo no ahoga sino que potencia. Además, en su biografía hay claroscuros que facilitan que muchos de sus autores caigan en un cierto (o pleno) determinismo religioso, algo así como si la accesión de Isabel al trono de Castilla fuera obra directa y evangélica del mismísimo Dios. Pero es cierto que el recorrido de Isabel hacia el trono de Castilla está sembrado de casualidades -algunas ciertamente sospechosas- verdaderamente providenciales.

Vista de Segovia desde Zamarramala (fotografía del autor -bastante subidita de zoom-, misma licencia que el blog)

Isabel es para mí -y creo que también para muchos historiadores- una figura envuelta en misterios y, aun a sabiendas de que no voy a resolver nada, me gusta recorrer sus lugares cada vez que me acerco a ellos. Segovia, Valladolid, Medina del Campo, Tordesillas… Es una pena que este país no tenga una Ruta de Isabel la Católica como es debido, porque la verdad es que la mayoría de los monumentos isabelinos (la mayoría de los que aún existen, que esa es otra) está mal cuidada, mal estructurada y mal divulgada, con lo que resulta generalmente decepcionante. Aragón ha tratado mucho mejor (pese a defectos y carencias notorios) a su rey más grande que Castilla a su reina más universal.

Lo cierto es que, entre unas cosas y otras, en Castilla me siento a gusto, como si nada en ella me fuera ajeno: me gusta, claro, su historia, me gusta su gastronomía, me gustan -me fascinan- sus paisajes, esas llanuras amplias, como un mar de tierra en las que el horizonte parece inalcanzable, me gustan sus pueblos, su arquitectura, su luz...

Vista de Segovia desde Zamarramala (fotografía del autor, misma licencia que el blog)

En esta salida -eso sí que es notable- hemos conocido también una sensación nueva que no buscábamos o, mejor dicho, que no esperábamos encontrar: la paz, la tranquilidad, la relajación. Y no como referencia a un paisaje, a un lugar especialmente bucólico o al simple y alegre abandono vacacional, no, sino por encontrar lugares cuya vida está normalizada. No nos damos cuenta de la inmensa tensión que vivimos en Cataluña hasta que salimos de ella y esa tensión desaparece. Es algo que puede compararse con que uno estuviese permanentemente oyendo un zumbido molesto tan constante que ya no lo percibiera de pura habituación y, de pronto, ese sonido enmudeciese. Esa sensación de alivio, de liberación, casi de placer, es exactamente la misma que uno tiene en cuanto sale de Cataluña y baja del coche (más allá, claro, de la parada ocasional en una estación de servicio). Es así como hemos llegado a ser perfectamente conscientes de la gravedad de la tensión que se vive en Cataluña; el día a día la disimula, parece que vivimos una acumulación de anécdotas más o menos chuscas, pero no: realmente, toda la historia del prusés ha llevado a que vivamos verdaderamente mal. Y lo peor es que esa cotidianidad de la tensión puede conducirnos a situaciones aun más graves, tremendamente graves, sin que seamos capaces de darnos cuenta.

Sea como fuere, hemos estado sumamente a gusto durante diez días y yo he podido recuperar mi afición fotográfica, de la que dejo aquí unas muestras al modo Zuloaga. Está claro que el maestro tuvo como cómplices ciertos tonos de luz castellana que un atardecer pude yo pillar.

sábado, 6 de octubre de 2018

Ocurrió hace un año

Siempre he sido republicano. No republicano furibundo, como si una república, per se, fuera a salvarnos de nada, sino, simplemente porque en el siglo XXI (incluso en el XX), las monarquías son una reliquia de un pasado demodée. No es lógico, con una mentalidad moderna, que por el hecho de pertenecer a una concreta familia -y, en ésta, dentro de un determinado orden de nacimiento y, a veces, incluso de sexo- se tenga derecho nada menos que a regir un país; y más absurdo aún que se ocupe semejante sitial sin, de hecho, regir nada (esa estupidez del reina, pero no gobierna).

Pese a ello, todavía hoy siete de los países más avanzados del mundo -pertenecientes a la Unión Europea, para más señas, aunque uno tiene ya un pie fuera (de la Unión, no de la monarquía), tienen un régimen monárquico, únicamente contestado seriamente en los dos países que más problemas tienen con el separatismo, precisamente: España y Bélgica. El resto de monarquías pertenecen a países sumamente atrasados -por lo menos socialmente-, pero aún así, sumándolas todas, las europeas y las tercermundistas, la monarquía constituye en la Asamblea General de la ONU una sensible minoría frente a la república.

Este convencimiento intelectual, que tengo y sostengo desde que tengo uso de razón política, no ha pasado nunca a mi activismo personal, sobre todo porque en España no hay republicanos sino segundarrepublicanos y eso ya me aparta de cualquier militancia semejante, porque soy de los que piensa -contra el viento y la marea de la estupidez políticamente correcta- que la Segunda República, más allá de la necesidad y de la justicia de su advenimiento, pronto devino una gran casa de putas que nos llevó a un desastre de dimensiones históricas cuyas consecuencias aún sufrimos y aún sufren las generaciones actuales. No importa quiénes fueran los culpables, si los que se sublevaron contra ella o los que, prostituyéndola al servicio de unos fines espurios, dieron pretexto a los anteriores: contra un régimen ordenado, fuerte y no sectario -todo lo contrario de lo que hubo- nada hubieran podido ni los militares golpistas, ni los monárquicos ultramontanos, ni los curas, ni los estalinistas.

Por tanto, digamos que yo iba viviendo mi republicanismo -mi tercerrepublicanismo- sin histeria de ningún tipo, sin ansiedad alguna, sin necesidad de ventear gadgets tricolores y, metafóricamente, sentado en el porche viendo transcurrir la Historia que a mí me va tocando vivir.

Pero hace un año, algo cambió.

Hace un año estaba viviendo días de angustia -después de meses y semanas de preocupación creciente- ante la abierta rebelión separatista que estábamos sufriendo en Cataluña. Los catalanes leales (obviamente, a España) las estábamos pasando canutas entre la hostilidad de los separatistas y la indiferencia, rayana en lo criminal, del Dontancredo de la Moncloa, del presidente del Gobierno más nefasto -con diferencia- que ha visto la Historia de España, quizá a mano con otro gallego, con aquel Casares Quiroga de memoria no menos abominable. Ni siquiera Godoy, un gigoló medio gilipollas, alcanzó los niveles de estúpida incompetencia de los otros dos.

El Parlament de Cataluña había sido objeto de la prostitución democrática más execrable, de un auténtico golpe, un mes antes, el 6 y 7 de septiembre, donde en vulneración de todas las leyes vigentes y de toda limpia práctica parlamentaria, se aprobaron unas leyes que iban destinadas a constituir el armazón normativo -y vergonzoso incluso en su propio contenido- de una demencial república que se proclamaría -bueno, sí, o quizá no, o igual al revés- tras un referéndum convocado para el 1 de octubre siguiente.

Lo que no hubiera sido sino otra patochada idéntica al famoso butifarrèndum del 9 de noviembre de 2014, fue elevado a los altares de la victimología internacional gracias al botarate de la Moncloa, al que no se le ocurrió nada más que echar encima de los colegios electorales a los antidisturbios de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, que la emprendieron a porrazos contra ancianos y niños convenientemente colocados en primera fila (la vesanía de los «escudos humanos», tan grata al terrorismo yihadista, ha hecho escuela), regalándole al separatismo una fotografía por la que babeaba indisimuladamente. Aún hubo suerte -humana y política- de que no se produjera ningún muerto en los incidentes ni, de hecho, heridos de consideración, por más que los golpistas se inventaran la fábula del millar de heridos encabezados por la señora a la que, presuntamente, tocaron las tetas.

Los catalanes leales estábamos al borde del pánico, parecía que Rajoy iba a seguir leyendo el «Marca» mientras Cataluña se nos iba, se nos iba de España y se iba a la porra, de paso. Los separatistas se habían hecho dueños de la calle, del poder, de las instituciones y, lo que es peor, del discurso. Carecíamos de líder, tras tantos años de borreguil y silencioso sometimiento al nacionalismo, y no salía de entre nosotros más protesta que la de treinta o cuarenta mil patéticos leales que, contra viento y marea, nos habíamos ido a la plaza Catalunya todos los 12 de octubre desde que empezara el procés independentista.

Y llegó el Rey.

El 3 de octubre, los catalanes, leales y desleales, los españoles todos, supimos que a las 9 de la noche el Rey iba a dirigirse a la Nación sobre los acontecimientos de Cataluña.

Y, con el corazón a 160, empezamos a oír las verdades del barquero:

«Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno.

Con sus decisiones han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado. Un Estado al que, precisamente, esas autoridades representan en Cataluña».


Y, tras relacionar, con impecable pero incisiva concisión, todas las barbaridades que había cometido el separatismo y de anunciar la firmeza del Estado contra ellas, se dirigió a nosotros. ¡A nosotros! A los leales. Yo casi no lo podía creer:

«Sé muy bien que en Cataluña también hay mucha preocupación y gran inquietud con la conducta de las autoridades autonómicas. A quienes así lo sienten, les digo que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos».


Ya no pude ver más (las lágrimas, no me importa confesarlo) ni necesité oír más. Me daba cuenta de lo que había pasado: el Rey, el Rey de España, había puesto los cojones sobre la mesa, esos cojones que Rajoy y su patulea de enanos no osaron arriesgar. Un año después, hemos sabido positivamente lo que entonces sospechamos: que a Rajoy y su banda, la intervención del Rey les sentó como un tiro. Sólo lamento que no hubiera sido literalmente.

Bien, no: no me volví monárquico ese día, sigo pensando lo mismo que exponía al principio de este post, pero sí es cierto que, hace un año, fuimos testigos de una perfecta muestra de liderazgo, algo muy raro en estos tiempos, y, a mí, el liderazgo de verdad, el que se gana alguien no por sus galones sino por la autoridad que emana de su carácter, es algo que me conquista. No, no me he vuelto monárquico, en absoluto, pero si en España se proclamara una república y Felipe de Borbón aspirara a su presidencia o a la jefatura de su gobierno, al modo de Simeón de Bulgaria, probablemente contaría con mi voto.

Y, desde luego, sostengo -y no creo que muchos me lo discutan- que esa intervención del Rey fue clave para que, cinco días después, el próximo lunes hará un año, y mañana lo celebraremos, centenares de miles (no treinta mil: centenares y centenares de miles) de catalanes leales nos echáramos a la calle y, por primera vez, les metiéramos a los separatistas el ¡ay! en el cuerpo. Un ¡ay! que, como el napalm ;-) de la película, olió a victoria.

No creo -nunca se sabe- que grite jamás un ¡Viva el Rey!, pero Felipe VI se ganó aquel día mi respeto y tendrá que hacerla muy gorda para perderlo.

martes, 2 de octubre de 2018

Artículo en Asociación de Internautas: sobre el IVA del libro digital

Víctor Domingo me pidió hoy una nota para la página web de la Asociación de Internautas sobre la autorización del ECOFIN (consejo de ministros de Finanzas de la Unión Europea) para aplicar el IVA reducido a la edición digital (libros, revistas, etc.). Podéis verlo en la página de la AI, pero, de todos modos, me gusta reproducirlo también aquí.

Ahí lo tenéis:





La UE autoriza al fin el IVA reducido para libros y publicaciones digitales

Bueno, ha sido como el parto de los montes pero ¡por fin! la Unión Europea (el ECOFIN, sus ministros de Economía y Finanzas) ha dado luz verde al IVA reducido (incluso al 0% en determinados casos) a las publicaciones digitales, idealmente libros y revistas, pero cualesquiera, en general. Una medida esperada durante largo, larguísimo tiempo por la ciudadanía en red y reclamada ad nauseam por todas las asociaciones y empresas europeas implicadas. Por una vez, la Asociación de Internautas y la industria editorial estamos de enhorabuena simultáneamente y por una misma razón.

Teóricamente.

La industria editorial lleva años clamando para que a la edición digital se le aplique el IVA reducido, al mismo tipo que a la edición física, cosa que debería ser una obligación de coherencia para los poderes públicos, pero éstos siempre se habían excusado en la prohibición europea. Ahora ésta no existe, pero para que los ciudadanos podamos disfrutar de esta reducción en el tipo impositivo tienen que pasar dos cosas:

1. Que el Gobierno implemente esa reducción, cosa que puede hacer… o no, porque la Unión Europea autoriza a hacerla pero no obliga a ello

2. Que la industria editorial no haga como los exhibidores cinematográficos, que después de pasarse años implorando por la reducción del tipo del IVA, cuando lo consiguieron no lo repercutieron en el importe final de la entrada bajo el falsario pretexto de que, cuando el tipo subió, no tocaron los precios y el aumento se absorbió a su costa.

¿Seremos, pues, felices los lectores digitales si llegamos a ver cumplidos ambos requisitos?

Pues a medias. Primero hay que ver cómo influye en los precios finales esta rebaja del IVA, pero es de temer que, aún aplicándola, los libros digitales sigan teniendo precios excesiva e injustificadamente altos.

Y aún así, aún suponiendo que el precio de los libros digitales fuera realmente justo (tanto para autores como para lectores), queda el dichoso tema del DRM, es decir, la tecnología que impide que un archivo sea copiado más allá de un determinado (y sumamente escaso) número de veces. Precisamente en una época en la que todos saltamos, en cuestión de horas, del PC al teléfono móvil y de éste a la tableta, de modo que si una obra se instala en todos estos dispositivos, a la que éstos se cambian -lo que sucede con harta frecuencia porque envejecen muy deprisa- el usuario se ha quedado sin esa obra y se ve obligado a pagarla de nuevo o a perderla. En otras palabras: la industria editorial no nos permite tener nuestra propia biblioteca en modo digital.

El pretexto es el habitual: la piratería. Siempre están igual, cuando está demostrado hasta la saciedad -y ya se había demostrado antes con la música y con el cine- que el DRM no detiene, para nada, el tráfico no autorizado de obras con copyright y que lo único que se consigue con ese estúpido invento es irritar, precisamente, al que sí paga por la obra y llevarlo derechito a la adquisición por la mano izquierda. No sabemos en qué máster habrán aprendido los directivos de la industria que la mejor forma de fidelizar al cliente es tocarle las narices bien tocadas. Precisamente al que paga, insistimos, porque el que no paga, señores, no tiene problemas de DRM. Más inteligible, ni una película de Cantinflas.

En fin, debemos estar contentos por esta rebaja del IVA para la edición digital y lo estamos, claro que sí (aunque más lo hubiéramos estado muchos años atrás), pero no descorchemos aún el cava, porque todavía pueden pasar (o no pasar) muchas cosas y acabar nuestro gozo en un pozo.

Como tantas y tantas veces ha sucedido.